Así fue Cristina Orsi, como se la llamó siempre; una brillante mujer nacida en el hogar que formaron María Elena Mendoza y el jurista, político e historiador René Orsi.
Falleció anteayer a los 58 años, pero tuvo una existencia plena, alegre, de profundos estudios y de amor permanente: a los 14 conoció a Juan José Herrero Ducloux y fue para siempre. Tuvieron dos hijos y forjaron juntos un hogar ejemplar.
Hace ya muchos años supo que peleaba contra un mal que en un momento iba a terminar con ella. Con su valor supremo, que fue el recato, mantuvo el dato entre los próximos de su camada: el marido, la hermana y su cuñado, Eduardo Matías de la Cruz. René Orsi murió sin saber que su hija vivía su enfermedad. Le toca a María Elena Mendoza el indescriptible papel del que sobrevive al hijo.
Pero Cristina ganó la batalla: pudo ser esposa, madre y abuela; fue alegre y vivaz; manejó con soltura el inglés y el alemán; logró cultivarse en la música y en las letras: dialogó permanentemente con Shakespeare, con Pirandello y, especialmente, con Montaigne.
En la aventura cotidiana de vivir la vida, Cristina Orsi vivió con su esposo en el sur argentino y en Alemania -trabajó en los herbarios de Munich y de Hannover-; su tesis doctoral en Ciencias Naturales tuvo como maestro al célebre Angel Cabrera.
Cuando la enfermedad -que ocultaba por el pudor de todo enemigo de las estridencias- la distanció de la cátedra universitaria, fue traductora del inglés y del alemán para los trabajos científicos de su padre, de su marido y de su cuñado.
Tuvo alumnos de tesis hasta hace poco y, durante años, fue la filial asistente del doctor Orsi, cuando éste preparaba los libros sobre sus especialidades, la historia y la ciencia del derecho. Con singular poder de síntesis, Cristina Orsi pudo ser doctora en Ciencias Naturales y catequista; oyente fiel de la ópera y sensible ante el violín de Antonio Agri cuando desgranaba un tango; severa en sus hábitos y alegre motor de su hogar.
En su poder de lucha, durante los tramos finales, escribió un prólogo para cuatro ensayos suyos inéditos sobre Vicente Barbieri, René Favaloro, Luiggi Pirandello, Carlos Spegazzini y Charles Darwin.
A esa altura, ya había ganado la batalla por completar una existencia plena antes de la partida. Su desaparición deja un doloroso vacío.
Sus restos fueron inhumados ayer en el Cementerio de nuestra ciudad.
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